Han pasado 50 años de la masacre de Trelew. La sociedad argentina no tiene un único balance de aquel terrible hecho. La parte de la sociedad con una mirada democrática, popular y de izquierda percibe, con mayor o menor claridad, que la aparición de la guerrilla en los años setenta argentinos fue un emergente del bloqueo político generado por la proscripción del peronismo que afectó la democraticidad de la sociedad a una escala crecientemente mayor. Las FF.AA se habían convertido de hecho en el árbitro de los conflictos de la sociedad argentina. En esas condiciones ¿a quién puede extrañar que la vía armada hubiese sido vista como la salida lógica respecto a un orden político excluyente? La guerrilla, más allá de la conciencia de sus protagonistas formó parte de una lucha más amplia por democratizar la sociedad argentina de esa época. Un movimiento popular, formado por diversas vertientes, que adquirió una importante representación en la sociedad y a la cual fue necesario oponerle una dictadura tan ferozmente represiva como la instaurada el 24 de marzo de 1976 para vencerlo.

La masacre de Trelew fue la anticipación del método que la contrarrevolución triunfante en el 76 empleó para perseguir y reprimir a la militancia del campo popular. Es decir, la clandestinidad, la tortura, la muerte, el ocultamiento de los hechos y el silencio. Con la dictadura militar y los gobiernos constitucionales posteriores se afirmó el poder de la clase dominante y la sociedad tomó un curso reaccionario y excluyente cada vez más acentuado. El campo popular buscó rescatar la memoria de sus muertos e investigar el destino de los desaparecidos. La lucha por la democracia dejó de ser para generar avances en derechos sino para reparar lo sucedido y, eventualmente, castigar a los represores. Los muertos de Trelew permanecieron en el corazón de la militancia popular. La lucha por los derechos humanos sólo alcanzó logros perdurables después de la crisis y la rebelión popular del 2001 y con la emergencia del kirchnerismo. El avance de la derecha en los últimos años busca revertir la política en derechos humanos de los gobiernos kirchneristas así como ha puesto en cuestión la interpretación más general de la década del 70. Ese es un debate al cual los socialistas no nos interesa rehuir porque, si lo asumimos a partir de nuestros términos, tenemos todo para ganarlo.


También se cumplen 31 años de la muerte de José Aricó, uno de los más grandes pensadores socialistas de Argentina. Aricó dirigió la revista y los Cuadernos de Pasado y Presente, referencia central de la cultura de izquierda en los años 60 y 70`s. Con la vuelta al orden constitucional en 1983 dirigió la revista La Ciudad Futura. En esa publicación y en sus libros intentó ordenar su balance global de las luchas por el socialismo en el mundo y, de la teoría marxista en particular, con la especificidad de las sociedades latinoamericanas y una teoría de la democracia sustancial. Su vida, desgraciadamente, no pudo prolongarse más allá de un período en el que la derecha mantenía su hegemonía en la sociedad argentina y marcaba claramente los límites al sistema político. Su obra constituye un legado a explorar y utilizar creativamente para todos los que nos reconocemos en la larga marcha por el socialismo, la democracia y la libertad.

A. S. Durán

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