Con motivo de cumplirse un nuevo aniversario del fallecimiento de la figura más emblemática del socialismo argentino, recordamos a Alfredo Palacios, el primer diputado socialista de América y reivindicamos su trayectoria y lucha.

Con tan solo 25 años ingresó a la cámara de diputados en representación del barrio de La Boca y llevó al congreso «las voces hasta entonces inaudibles de los trabajadores, de los inmigrantes, de los desheredados de la ciudad y del campo» como describe Oscar González en el prólogo de «Alfredo Palacios, el socialismo criollo» de Juan Carlos Coral. Allí resalta que «El nombre de Palacios está asociado (..) a un conjunto de luchas populares, progresistas, libertarias y democráticas, entre las que destacan la reforma universitaria, la unidad latinoamericana, los derechos civiles y políticos de la mujer, el antiimperialismo, la defensa del patrimonio nacional».

Abogado, político, profesor universitario, en cualquiera de estos roles siempre defendió con la misma convicción y vehemencia los valores de la igualdad, la libertad y la solidaridad social.

Victor García Costa, su más completo biógrafo -como lo define el mismo Coral-, en el apartado inicial del libro «Las Islas Malvinas, archipiélago argentino» transcribe un discurso grabado de Palacios dirigido a los ciudadanos del interior de la República, del cual compartimos a continuación un fragmento:

«Nuestro socialismo es primordialmente una aspiración ideal hacia un orden jurídico más justo, que reemplazará al capitalismo mediante condiciones económicas pero sobre la base de postulados éticos. Nos jactamos de que nuestra agrupación tiene un sentido nacional, de que combatimos enérgicamente en esta hora de confusión y electoralismo, contra toda infiltración de doctrinas extrañas a nuestra índole, que no son claras ni limpias, y que siembran el desconcierto en las grandes aglomeraciones humanas.

Por eso quiero ponerme en comunicación por breves instantes con ustedes, compañeros del interior, donde están las reservas de la Patria y los conceptos morales no han sido perturbados.

Somos los continuadores del proceso histórico en el gran drama de la nacionalidad. Los próceres de nuestra historia, magistrados docentes, señalaron el camino desde los días de la emancipación. Las glorias militares se basan primordialmente en la inteligencia y la acción de los gobernantes civiles. Suipacha no hubiera sido posible sin la energía de Moreno para aplastar la contrarrevolución, y San Martín no hubiese podido organizar su Regimiento de Granaderos por orden del Triunvirato si Rivadavia no hubiese impedido que Alzaga levantara el pendón real en las calles de Buenos Aires.

El genial Secretario de la Primera Junta reivindicó la Soberanía originaria del pueblo, estructurando las bases de la vida institucional, y un Congreso de hombres ilustres sancionó el cese de la propiedad privada de la tierra que nosotros queremos para todos los argentinos, a fin de evitar la especulación y el arraigo de una clase de terratenientes que, desde la ociosidad, goce del privilegio de la renta de la tierra.

Sostenemos que la renta de la tierra es del pueblo, pues la produce el esfuerzo de todos.»