por A. S. Durán

Hace 35 años, en plena transición democrática, se produjo el primer levantamiento carapintada. Este movimiento de la oficialidad del Ejército argentino acaudillaba a todas sus franjas, a excepción del generalato resignado a soportar a Alfonsín y la democracia política. Pero desde los coroneles para abajo los carapintadas lograron empalmar con el sentimiento reaccionario predominante en la llamada familia militar. El origen del conflicto se debió a que en el tratamiento parlamentario acerca de las violaciones a los derechos humanos salió un dictamen que ampliaba de manera cualitativa la dimensión de lo juzgable. Alfonsín era partidario de juzgar a la conducción militar y de aplicarle la obediencia debida al resto. Este dictamen imprevisto le complicaba la situación. Los movimientos de derechos humanos multiplicaron las causas en contra del grueso de los represores. La rebelión carapintada estalló mientras Alfonsín intentaba desarmar los juicios en contra de los represores que, en ese momento eran cuadros medios del aparato militar. De algún modo fue una presión decisiva y brutal para que la transición democrática asumiera que no podía hacer tabla rasa con el pasado y debía integrar en su seno las peticiones de los torturadores. Amplios sectores de la sociedad civil se movilizaron para impedirlo pero carecieron de una iniciativa independiente para cerrarle el paso. Fueron únicamente la carta de negociación de que dispuso el alfonsinismo para negociar con los carapintadas. Como no existía una disputa de fondo entre ambas fuerzas sino más bien de forma y de tiempo en cómo llegar al mismo objetivo, el conflicto terminó resolviéndose en contra de la política democrática consecuente y de los objetivos de los movimientos de derechos humanos. Los diversos levantamientos carapintadas consiguieron garantizar la impunidad de la represión por casi veinte años. Este ciclo terminó con la crisis del 2001 y la emergencia del kirchnerismo. Los gobiernos de Néstor y Cristina cambiaron el mapa de las alianzas. La democracia dejó de ser cómplice de los asesinos y torturadores y empezó a apoyarse en los movimientos de derechos humanos. El antikirchnerismo no fue capaz de sostener esta orientación democrática consecuente como una política de estado y se ha parado decididamente del lado de los asesinos mediante la retórica negacionista y de la llamada «memoria completa», cuyo objetivo práctico real es el más completo olvido. Mucho de lo que hoy circula como retórica de los negacionista de la masacre militar fueron planteos y argumentos anticipados por los militares carapintadas. De manera distinta, los socialistas y los demócratas consecuentes tenemos que seguir dando esta pelea con otras armas y otros argumentos.